Mi primer viaje en Barco. Por decirlo de alguna manera.

Mi madre tiene una teoría respecto a mi pánico al mar. Según ella, cuando a mis once años fui, totalmente solo, al estreno de Tiburón de Spielberg en el Cine Balañá, algo se me quedó grabado en el subconsciente qué hace que sufra un miedo terrible al mar.
No sé si esta teoría está bien fundamentada, pero lo cierto es que no tengo ningún recuerdo relacionado con el mar, salvo que no me gusta entrar en el agua.
Me apasiona el mar, me gusta el olor salado de las olas golpeando las rocas y me gusta sentarme en una de esas destartaladas terrazas con sillas y mesas de plástico mientras leo la prensa del día o un buen libro, y me tomo una cerveza fresquita.
Sí, soy un espécimen raro. Pero, ¿quién no tiene escondido un oscuro secreto, no tanto inconfesable como avergonzarte?
Recuerdo ahora una conversación que tuve hace un año con un apreciado amigo. El 16 de julio del año pasado, festividad de la Virgen del Carmen patrona de los marineros, quedé finalista de un Concurso Internacional de Relatos Breves relacionados con el mar. Mi amigo, sorprendido de qué escribiera sobre el mar siendo conocedor de mis fobias, no lograba entender como era capaz de narrar algo qué no había vivido. Ciertamente era extraño, pero le contesté que cuando Julio Verne escribió “De la Tierra a la Luna”, tampoco había tenido oportunidad de realizar aquel viaje. Y no penséis que me estoy comparando con él. ¡Por favor!
Bien. Toda esta parrafada viene a cuento de mi experiencia de hoy. Hoy, día 13 de julio, me he subido por primera vez a un barco. Un pequeño y acogedor barco de vela. Era el cumpleaños de Lucía (léase Luchía, puesto que es italiana) la pareja de un buen amigo mío, Óscar. Este lo podéis leer así tal cual, puesto que es navarro. Ah! Y también nos acompañaba Ade, la más valiente, la qué no tiene miedo a nada, la que se apunta a una excursión en barco o un bombardeo en Birmania. ¡Qué valor que tiene!
Sigamos. La experiencia consistía en un viaje en el pequeño velero por la costa de Barcelona, desde el Port Olímpic hasta el Hotel Vela (Hotel W) y de ahí frente a las costas del Maresme para fondear y comer en el mismo Barco. El Capitán, Martial, es el encargado de la navegación y de la comida. Si os digo la verdad, a estas alturas aún no sé si es italiano o francés. Durante la conversación hemos mezclado varios temas y ha habido un momento que me he perdido. Luego lo entenderéis. Cómo decía, Martial había preparado varios platos de comida italiana. Platos de esos con nombres raros y fácilmente olvidadizos, pero que al parecer estaban francamente deliciosos.  De todos ellos, por las veces que lo han mencionado, recuerdo la focaccia. Un tipo de pan que hace Martial de forma artesanal y que debía estar de vicio. Se lo han comido todo. Además de la comida, se sirvieron un vino italiano de la región de Florenzia, y una botella de Champagne. Esto es lo único que voy a criticar… si me lee el Capitán Martial: “¡Capitán! ¡¡¡Hay que servir cava!!! Y si puede ser, que sea Montferrant (publicidad gratuita para un buen amigo mío) Ya está. No es mucho pedir, ¿verdad? Después, al acabar la comida, Martial nos ha deleitado con un pastel “de chocolate, con chocolate y recubierto de chocolate” que ha hecho las delicias de la homenajeada… y del resto.
El día ha empezado bien. Las aguas estaban calmadas, el cielo despejado y el viento era apenas apreciable. Hemos salido de la bocana del puerto con los motores, y ya en alta mar hemos desplegado las velas. Desde la distancia, podíamos observar el skyline de Barcelona. Jugábamos a “encontrar” edificios relevantes y la vista de la ciudad era muy diferente a la habitual. Ade y yo íbamos describiendo lo que veíamos a Lucía y Oscar. Y, por su parte, ellos nos describían sonidos y olores que casi no lográbamos percibir. Como curiosidad, el sonido que provenía de la gran ciudad era un intenso y continuo zumbido, lo cual era una clara muestra de la enorme contaminación acústica que sufrimos los barceloneses. Por el contrario, el sonido del mar era de un silencio extraño, pulcro, solo interrumpido por el viento golpeando las velas y por alguna gaviota perdida en busca de algo que llevarse al pico.
Era un contraste maravilloso… aunque poco he podido disfrutar de ello.
Después de comer, el viento ha empezado a erigirse en coprotagonista de nuestro viaje. Al menos ha respetado el sagrado momento de compartir del menú entre la ciudad y vete tú a saber qué había al otro lado del Mediterráneo.
La fuerza insistente y en aumento del viento nos ha obligado a retomar nuestro rumbo hacia puerto. Martial, el Capitán, iba explicando los entresijos marineros de las maniobras a realizar. Por el tamaño de su barco, la dirección del viento y el rumbo a seguir hacia la bocana, había que situar la proa en un ángulo de 90 grados en relación a la bocana, para poder entrar con viento a favor y en un ángulo de 45 grados. Las olas iban aumentando de tamaño, y de tanto en tanto salpicaban nuestros cuerpos y rostros dejando un regusto salado pegado a nuestra piel. Martial iniciaba las maniobras y nuestra aventura iba tocando a su fin.
Seis horas después de iniciar esta experiencia estábamos a punto de atracar en el Port Olímpic. Hay que ver, por cierto, lo difícil que es “aparcar” un barco. Ya me gustaría saber cómo atracan esos enormes transatlánticos que cruzan los mares de costa a costa.
Cuando Martial, el Capitán, ha dado por concluida la operación de atraque… he salido corriendo de mi cubículo, he cruzado el pequeño velero de popa a proa, he dado un salto hasta tierra firme, y en una perfecta simbiosis entre Juan Pablo II y Rodrigo de Triana me he arrodillado a besar tierra firme. Afortunadamente de esto último no hay constancia gráfica… ya en previsión de ello, les había retirado las cámaras a mis acompañantes. Uno, aún tiene un prestigio y una reputación. Cada vez menos, pero algo queda.
Sí, amigos. Toda la experiencia aquí relatada es fruto de las conversaciones que iba escuchando desde mi habitáculo y de la charrada que nos hemos pegado al acabar. Yo apenas he podido disfrutar del viaje. A los 15 minutos de estar en alta mar se me han agarrado al estómago todos los intestinos y demás órganos internos, y me he pasado cinco horas y media tumbado en una cama en el camarote del velero. Sudando, tapándome el sol con mi “sombrero de vacaciones”, descamisado, escuchando comentarios y compartiendo muchos de ellos desde la distancia. Pero mi cuerpo ha dicho basta. Ha sido imposible, a pesar de los intentos, mantener la calma y la entereza a bordo. No he podido disfrutar del viaje, pero sí de las conversaciones con unos buenos amigos y de un breve pero entretenido intercambio con el Capitán.
De esto he podido extraer una determinante conclusión, bueno dos. Primera, sigo manteniendo mi pánico al mar, y dos, este es mi primer y último viaje en Barco. Por tanto, cruceros baratos con todo incluido y esas cosas, quedan descartados de mis futuras vacaciones. Que quede constancia de ello en los cuadernos de bitácora.
Ah! Eso sí. Yo no he probado las deliciosas viandas del Capitán, pero, cuando he llegado a tierra, me he sentado en el primer restaurante que he visto y me he cascado dos cervezas y dos bocatas, uno de jamón y otro de queso, acompañado de unas olivitas. Ahora sí que estaba yo en mi salsa, con los pies en el suelo y con el olor a fritanga revoloteando a mi alrededor.
Acabo ya. A todos aquellos que os gusta el mar y queréis vivir una buena experiencia os recomiendo que contactéis con el Capitán Martial, pero os pongo una sola condición… ni se os ocurra invitarme. ¿Vale? ¡Pues eso!
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2 comentarios sobre “Mi primer viaje en Barco. Por decirlo de alguna manera.

  1. Muy entretenida tu mala experiencia marinera y de una gran viveza narrativa. Me pongo perfectamente en tu lugar porque una vez fui en el barco turístico de Salou a L'Anmetlla de Mar y pese a tener billete de ida y vuelta, el regreso lo hice en una 440 de Renfe, que me pareció un lujo asiático. Menudo mareo en el barco, no se pasa con nada, y mientras, la gente tomando el sol…Eso sí, estos veleros y barquichuelos no tienen nada que ver con los buques de las líneas marítimas que tienen una excelente estabilidad. Yo he ido dos veces de Barcelona a Palma y una de Francia a Irlanda, y te aseguro que en condiciones normales ni te enteras de que vas por el mar. Otra cosa es si te toca cruzar una galerna, que vista tu suerte…

  2. T'entenc perfectament.Una vegada em van invitar com a tu a fer una volta amb un veler de 7 mts, i no vaig poder ni arribar a sortir de la bocana el port de Barcelona, del mareig que portava a dins, i varen recular per deixar-me a terra de nou.A Mallorca si que hi he anat amb els ferrys ràpids, i en un dia en que la mar estava totalment llisa.Salutacions

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